Vida DIaria

Realidad Desenfocada

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Pertenezco a un linaje de miopes. Hice honor a la dinastía familiar al tener una vista imperfecta, al igual que mis padres, mi hermano, varios de mis tíos y primos. Mis defectos visuales se encuentran en un incómodo punto medio: no veo tan mal como para depender permanentemente de las gafas, ni tan bien como para decidirme a renunciar a ellas.

La mala visión ha sido un tema recurrente en mi vida porque también los ojos han sido centrales desde que nací. “Tiene ojos de color”, decían las señoras tapatías al conocerme, cuando yo era apenas una bebé. No se preocupaban por ocultar su sorpresa al voltear a ver los ojos cafés de mis padres. “Ojos de color”, qué expresión más imprecisa, propia de la región del occidente de México, como si “de color” fuera sinónimo de azul, verde o gris (ni siquiera ahí hay consenso). “La hierba es de color”, “el cielo es de color”, “cuenta chistes de color”, la misma carencia de sentido persiste en uno y otro ejemplo.

En la escuela pública seguí siendo la niña de ojos de color. Me pregunto qué hubiera pasado si hubiese estudiado en colegios privados. Quiero pensar que en ese ambiente resulta ineficaz reconocer a los alumnos por el tono de su iris, porque la gama debe de abarcar todos los turquesas y esmeraldas que el globo ocular logra recrear.

Fue en la secundaria cuando descubrí que mis ojos de color no enfocaban bien a lo lejos. Recuerdo que cuando tuve mis primeros lentes —a mis 13 o 14 años— me sorprendí de lo nítido que podía verse el mundo. En concreto, hubo dos cosas que se reinventaron ante mí al ser vistas a través de los cristales correctivos: las letras del pizarrón en el salón de clases y las estrellas en el cielo nocturno. Las primeras fueron agradecidas por el lado pragmático de mi persona, mientras que las segundas deleitaron a mi otro lado, el que se ocupa del placer estético.

La mirada nos importa más de lo que sospechamos. El lenguaje nos delata: en español, de acuerdo a la fijeza y a la atención que se invierte en la tarea, podemos ver, observar, contemplar, mirar. Los angloparlantes, expertos en la economía lingüística, usan look, see, watch, gaze, para una idea que se refiere, en esencia, a la misma acción en distintos niveles de intensidad. La mirada le interesa al que la perpetra y al que la recibe, a los que la cruzan e intercambian y a los que la evaden de forma intencional.

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Mi cotidianidad había transcurrido, hasta hace poco, entre usos eventuales de anteojos. Algunas actividades comenzaron a exigirme usar los lentes, sin tregua, por ejemplo: manejar un auto, ir al cine o al teatro. Sin embargo, al pasar los años comencé a experimentar ciertos inconvenientes en una realidad que no está propiamente adaptada para los cuatrojos.

En las innovadoras salas de cine en 3D, el elemento esencial para vivir la experiencia de los filmes que casi te tocan la cara es, precisamente, un par de lentes especiales. Nunca vi una advertencia en letras chiquitas que notificara a los miopes sobre las potenciales incomodidades: Puede ver la película con nuestros lentes para tercera dimensión si primero se quita sus lentes graduados. No nos hacemos responsables por los desenfoques obtenidos; o bien: Disfrute la experiencia de utilizar dos pares de anteojos a la vez. Alta definición y tercera dimensión garantizada (recomendado si usted tiene nariz grande, orejas grandes, o ambas).

Los lentes de sol también me habían resultado complicados. Usarlos implicaba renunciar a la ya de por sí mermada nitidez y además agregar un factor de obscurecimiento que entorpecía más aún mi visión. Claro que siempre estará la posibilidad de mandar hacer unas gafas obscuras graduadas, pero me había facilitado las cosas al usar la mano a manera de visera cuando sentía que de verdad la luz me fastidiaba.

Quizás la mayor desventaja de usar anteojos es la posibilidad de perderlos. Como la vida, como el amor, como todo: ahora se tiene, pero quién sabe por cuánto tiempo. Los lentes son de esas cosas que uno encuentra frecuentemente en los módulos de objetos perdidos, junto a los paraguas y los llaveros. Perder las gafas te nubla la vista. Perder un amor te nubla la mente. Ni hablemos de perder la vida.

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Me gustaría saber cuántas personas se habrán enemistado conmigo por las veces que me encontraron en la calle y, desde luego, no las saludé porque no llevaba los lentes puestos. Con la miopía, unos pocos metros son suficientes para que el rostro de las personas resulte difuso, carente de rasgos; apenas un manchón de piel con una cabellera igualmente indefinida. También me vi en la situación opuesta: saludar a gente desconocida, pensando que eran amigos o compañeros de la escuela, y descubrir su verdadera identidad al estar a punto de tenderles la mano. Confieso que llegué incluso a abusar a mi conveniencia de esta condición: si en algún momento una persona non grata se cruzaba casualmente en mi andar, prefería aferrarme a mi vista esmerilada y asegurar para mis adentros que seguro no era quien yo pensaba, que era alguien que se le parecía y que, a la distancia, no tenía modo –ni voluntad- para salir de la duda.

¿Qué alternativas le ofrecen en el consultorio a los miopes como yo, a los hipermétropes o a los astigmáticos? Esencialmente dos: la cirugía y los lentes de contacto. La primera la he dejado como último recurso para cuando llegue el momento en el que ninguna otra reparación temporal me dé buenos resultados. La segunda opción fue para mí un descubrimiento formidable y reciente; hasta ahora ha sido la elección más cómoda para mi vida diaria y el disparador de esta serie de reflexiones desenfocadas.

Me tomó una hora colocarme un par de pupilentes por primera vez. Una batalla de lágrimas y parpadeos se interponía en mi camino hacia la agudeza visual. Después de días y consejos de usuarios veteranos de lentillas, logré dominar la técnica y ahora soy capaz de aclararme el mundo con este par de circulitos transparentes en apenas unos segundos. A partir de entonces, he hecho las paces con las gafas de sol y los lentes para el cine en 3D, con los letreros de los nombres de las calles y, desde luego, con los rostros de la gente a mi alrededor.

Nunca he sido de las personas que evaden la mirada de sus interlocutores, mucho menos ahora que mis interacciones visuales están en alta definición. Mis ojos de color gozan más que nunca el escudriño de los detalles, de los rasgos, de las letras chiquitas. Lo único reprochable es que me he quedado sin excusa para evitar el saludo a los conocidos no gratos que me encuentro por la calle.

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Mi momento Walter White

Llevo la mitad de mi vida lidiando con la migraña. Empezó a manifestarse cerca de los doce años, y ahora a mis 24 estoy decidida a ponerle un alto. Basta. Me cansé. #NiUnaMás.

La migraña con aura representa una incapacidad ambulante. Va y viene. Aparece, ataca con todo su poder demoledor y desaparece sin dejar rastro. Me acompañó en mi etapa de estudiante, en mi vida laboral y por supuesto en viajes (el inolvidable paseo por el castillo de Chapultepec, ese día de sol por el cañón del Sumidero en Chiapas, o en aquel viaje de negocios al DF). No tengo la menor intención de que siga siendo parte de mi vida, mucho menos que se convierta en una limitante.

En días recientes, tras el séptimo cuadro migrañoso del año, supe que era momento de verificar que todo estuviera bien al interior de mi cabeza.

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¿Y si algo no anda bien?

Aunque las probabilidades son muy bajas, en algunos casos las migrañas recurrentes pueden ser síntomas de un problema mayor.

Para descartar este escenario, lo más adecuado fue someterme a una tomografía y pedir la valoración de un neurólogo. Estando ahí en el aparato, el único personaje con el que pude sentirme identificada fue con Walter Hartwell White -con quién más-.

Paréntesis. Hasta ese momento, creo que no me había puesto a pensar en qué pasaría si verdaderamente hubiera un problema grave adentro de mi cerebro. Todos estamos expuestos a ello. Conocemos historias trágicas -reales o de ficción- que empiezan así, con análisis de rutina que se vuelven el inicio de una tortuosa carrera contra el tiempo, llena de hospitales, doctores, operaciones, viajes imprevistos, deseos de última voluntad, etcétera. Quizás era ir muy lejos, pero por un segundo me imaginé protagonizando una historia de ese tipo.

La luz al final del túnel

Confieso que exhalé muy fuerte cuando supe que todo estaba bien, y el neurólogo confirmaba que en mi cabeza no había ningún inconveniente, y que lo mío no era más que una migraña moderada que habrá que controlar con medicación y algunos sacrificios (no más café ni chocolate por el momento… sacrificios, al fin y al cabo).

Y pues sí. Fueron las mejores noticias que podría esperar. Puedo continuar con el curso habitual de mi vida y si todo va bien, en lo sucesivo los episodios de migraña serán cada vez menos. De por sí, después de los 30 años ya son mucho menos frecuentes. Así que llevo las de ganar. Un día me voy a poner a mano con todas las tazas de café y los chocolates que no consumiré en estos tiempos, ya verán.

Un poco de información, ¿qué es eso de la migraña con aura?

La migraña con aura es el c-c-c-combo breaker de las cefaleas. Cada persona lo experimenta en diferentes formas e intensidades. En un episodio típico mío, además del intenso dolor de cabeza, sucede más o menos lo siguiente:

  • Afectación visual. Mi campo de visión se vuelve incompleto. Es como cuando te acaban de tomar una foto con flash, o viste el sol o un foco y no puedes ver una parte de la imagen. Así pero no se quita. Ves los rostros a la mitad. Está de más decir que se vuelve imposible leer en esas condiciones.
  • Afectación del tacto. El segundo síntoma es el entumecimiento en las manos, labios, parte de la cara, lengua y/o paladar. Es sensación de hormigueo y sensibilidad distorsionada (siento malestar con el solo hecho de recordar los síntomas para describirlos).
  • Afectación del habla. Este síntoma es EL HORROR, pero por fortuna no siempre aparece. Es el más desesperante porque de pronto no puedo hablar. Algo pasa en mi cerebro que no soy capaz de conectar la mente con la boca para articular palabras. Lejos de ser chistoso, es como de película de miedo porque lo que intento decir suena como a un dialecto raro.
  • Náuseas y más náuseas. Las náuseas encuentran un nuevo significado con la migraña. Pueden durar por horas, levantarme si logré dormir, perdurar hasta el día siguiente, y hacerme vaciar el estómago hasta sacar el alma.

Este post va dedicado a todos los que me han enviado ánimos, cariños y buenos deseos de recuperación cuando me he sentido mal. ¡Gracias infinitas!

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¿Y si pudieras cambiar el curso de tu vida?

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Imagina que a tus 40 años te dan la oportunidad de regresar el tiempo a la época en que tenías 16, y poder cambiar las decisiones que hiciste en aquel entonces para, en consecuencia, cambiar el curso que tuvo tu vida. ¿Lo harías?

Me cuesta trabajo pensarlo (empezando por que no tengo 40, ni 30, ni 25), pero la posibilidad se antoja interesante. Cuántas veces no nos hemos visto en la coyuntura de tener que tomar una decisión, y tratamos de visualizar lo que ocurriría en el caso de que una cosa o la otra se materializaran: cambiar de trabajo o mantener el actual, hacer un viaje o ahorrar para alguna compra, terminar una relación, estudiar cierta carrera…

Con estas reflexiones empecé el 17° Tour de Cine Francés, con la película Camille Redouble (click para ver el trailer). Camille (Noémie Lvovsky) despierta en una cama de hospital reviviendo su juventud y enfrentándose a la disyuntiva de recorrer el mismo camino o cambiar el rumbo, ahora que sabe cómo terminarán las cosas. ¿Debería enamorarse del mismo hombre?, ¿embarazarse?, ¿acercarse más a sus padres? Me pareció un filme muy divertido, reflexivo, e ideal para los enamorados de la estética ochentera.

Si quieres verla, revisa la cartelera de la ciudad, porque todavía se presentará algunas fechas más. De paso, mira las demás funciones del festival. Yo seguramente iré a ver otras tantas.

¡Saludos!

@karlagodin

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Una serie de eventos… para ver series

Spoiler Alert:

En la primera temporada de Orange is The New Black, Piper hace prometer a Larry, su prometido, que la esperará para ver juntos Mad Men cuando ella salga de prisión. Más adelante vemos que él rompe la promesa. Sin embargo, esa petición -que para mí fue clave para despertar mi empatía con Piper- inspira la entrada de hoy.

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Una cosa que me encanta de las series es que cada quien decide el momento y las circunstancias generales para verlas: en qué momento del día, dónde y con quién. De algún modo, esa “rutina” marca nuestra forma de apreciarlas o incluso el apego que llegamos a sentir hacia ellas.

Durante el tiempo en que trabajé en una oficina, cada día aprovechaba mi hora de comer para ver un episodio de Mad Men. Fue una serie que vi sola, salvo un par de capítulos que vi en situaciones diferentes, y la comentaba hasta después con personas que tambien la habían visto.

Cuando transmitieron Capadocia, los domingos en la noche mis papás y yo veíamos el capítulo de estreno en su cuarto (el único con HBO). Después me regalaron la versión en DVD, y esa la veía en mi habitación.

En el caso de Breaking Bad y de Orange is the New Black, ambas las inicié sola y las terminé en varios maratones en pareja, donde veíamos 2, 3 o hasta 4 capítulos en una sesión, encargábamos algo de comer o preparábamos en casa. Alguien nos comentó que aprovechaba el largo intro de OITNB para terminar de poner la mesa, y luego claro, comer durante el episodio.

¿Qué pasa cuando por alguna razón tu estilo para ver una serie cambia? A mí me acaba de ocurrir. De entrada hay un sentimiento de añoranza, porque se vuelve una actividad que rememora las antiguas costumbres para ver esa serie en particular (añado: la llegada de Breaking Bad temporada 5 a Netflix coincidió con mi ruptura).

La parte positiva de esto: últimamente me he enterado de otras personas que comparten el gusto por estas historias, y ha sido un buen pretexto para platicar y, quién sabe, después organizar una reunión para ver varios capítulos entre amigos.

¿Tú cómo ves tus series? ¿Alguna se ha quedado marcada por el contexto en que la viste? Coméntame, mi twitter es @karlagodin

Hasta pronto.

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Pierde el miedo a los cambios, decían.

La capacidad de adaptación es eso que Darwin definía como el método que asegura la supervivencia, bien sea de un ser vivo o de una comunidad.

Adaptarse es afrontar las nuevas circunstancias que se presentan, y aplica para cualquier ámbito: el círculo de personas con el que te relacionas, tu lugar de trabajo, tu hogar, tu barrio… Todo aquello que está en constante cambio demanda cierto grado de adaptación, de aceptación, de entendimiento.

Yo, por ejemplo, estoy a mitad de un proceso adaptativo por el que indudablemente han pasado o pasarán quienes se atreven a pisar el territorio de las relaciones de pareja: me he quedado sin novio y me veo en la necesidad de replantear mi día a día, mis aspiraciones, mis costumbres, mis sentimientos, a fin de seguir con el curso normal de mi vida sin caer en el intento (o igual con un par de tropezones).

He aquí un sencillo pretexto para retomar el gusto por jugar con las palabras, una de mis cosas favoritas desde siempre, y que por una u otra razón no le había dado su lugar especial. Este blog es mi terreno de juego para editar pensamientos (haciendo honor a mi nombre en desuso: Edith).

Verá usted, querido lector, el variopinto menú de temas que caben en este espacio. Se reciben con gusto comentarios aquí o en Twitter: @karlagodin

Nos leemos pronto.

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