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Reencuentro con el mar

i.

Hace un año y medio que no veía la playa. Mis plantas de los pies se emocionaron con el cosquilleo de la arena. Tuve que desentumecer mis pasos antes de llegar al borde del agua. Esquivar cangrejos. El zodiaco dice que los cangrejos y yo nos llevamos bien. Sentí una descarga eléctrica con el primer oleaje en los tobillos. Oleaje en los tobillos. Oleaje en los tobillos. Ya me acostumbré al agua fría.

ii.

Tanto tiempo había pasado y el rugir oceánico seguía siendo familiar. Los nubarrones que amenazaban nuestras expectativas se disiparon lo suficiente. Cuando uno va al mar espera encontrarlo acompañado de un sol brillante, y ese sol que imaginábamos se entretejió con las nubes de tonos pastel. Cayó un poco de lluvia. Gotas dulces, gotas saladas.

iii.

Nadamos en paralelo a la orilla. Nadar debería ser la terapia de bienestar por excelencia. Tal vez lo sea, como todo aquello que nos recuerda a nuestro origen.  Si no, ¿cómo explicar la plenitud que se siente al flotar? Hay todo un mecanismo de liberación vinculado al flote. Flotar es desprenderse de todo, incluso del piso. Soltar. Dejar. Ceder. Confiar. Cuánto trabajo nos cuesta.

iv.

El atardecer dura el doble si se mira desde la playa. Instalados en el palco de arena, la cadencia del tiempo se desacelera. No estamos acostumbrados al transitar paulatino de las cosas. Aquí nuestro tiempo se estira, o esa es la percepción. Más bien sincronizamos nuestros sentidos al ritmo universal. La pregunta es: ¿dónde se pone el astro durante la puesta del sol?

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