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Reencuentro con el mar

i.

Hace un año y medio que no veía la playa. Mis plantas de los pies se emocionaron con el cosquilleo de la arena. Tuve que desentumecer mis pasos antes de llegar al borde del agua. Esquivar cangrejos. El zodiaco dice que los cangrejos y yo nos llevamos bien. Sentí una descarga eléctrica con el primer oleaje en los tobillos. Oleaje en los tobillos. Oleaje en los tobillos. Ya me acostumbré al agua fría.

ii.

Tanto tiempo había pasado y el rugir oceánico seguía siendo familiar. Los nubarrones que amenazaban nuestras expectativas se disiparon lo suficiente. Cuando uno va al mar espera encontrarlo acompañado de un sol brillante, y ese sol que imaginábamos se entretejió con las nubes de tonos pastel. Cayó un poco de lluvia. Gotas dulces, gotas saladas.

iii.

Nadamos en paralelo a la orilla. Nadar debería ser la terapia de bienestar por excelencia. Tal vez lo sea, como todo aquello que nos recuerda a nuestro origen.  Si no, ¿cómo explicar la plenitud que se siente al flotar? Hay todo un mecanismo de liberación vinculado al flote. Flotar es desprenderse de todo, incluso del piso. Soltar. Dejar. Ceder. Confiar. Cuánto trabajo nos cuesta.

iv.

El atardecer dura el doble si se mira desde la playa. Instalados en el palco de arena, la cadencia del tiempo se desacelera. No estamos acostumbrados al transitar paulatino de las cosas. Aquí nuestro tiempo se estira, o esa es la percepción. Más bien sincronizamos nuestros sentidos al ritmo universal. La pregunta es: ¿dónde se pone el astro durante la puesta del sol?

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Una serie de eventos… para ver series

Spoiler Alert:

En la primera temporada de Orange is The New Black, Piper hace prometer a Larry, su prometido, que la esperará para ver juntos Mad Men cuando ella salga de prisión. Más adelante vemos que él rompe la promesa. Sin embargo, esa petición -que para mí fue clave para despertar mi empatía con Piper- inspira la entrada de hoy.

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Una cosa que me encanta de las series es que cada quien decide el momento y las circunstancias generales para verlas: en qué momento del día, dónde y con quién. De algún modo, esa “rutina” marca nuestra forma de apreciarlas o incluso el apego que llegamos a sentir hacia ellas.

Durante el tiempo en que trabajé en una oficina, cada día aprovechaba mi hora de comer para ver un episodio de Mad Men. Fue una serie que vi sola, salvo un par de capítulos que vi en situaciones diferentes, y la comentaba hasta después con personas que tambien la habían visto.

Cuando transmitieron Capadocia, los domingos en la noche mis papás y yo veíamos el capítulo de estreno en su cuarto (el único con HBO). Después me regalaron la versión en DVD, y esa la veía en mi habitación.

En el caso de Breaking Bad y de Orange is the New Black, ambas las inicié sola y las terminé en varios maratones en pareja, donde veíamos 2, 3 o hasta 4 capítulos en una sesión, encargábamos algo de comer o preparábamos en casa. Alguien nos comentó que aprovechaba el largo intro de OITNB para terminar de poner la mesa, y luego claro, comer durante el episodio.

¿Qué pasa cuando por alguna razón tu estilo para ver una serie cambia? A mí me acaba de ocurrir. De entrada hay un sentimiento de añoranza, porque se vuelve una actividad que rememora las antiguas costumbres para ver esa serie en particular (añado: la llegada de Breaking Bad temporada 5 a Netflix coincidió con mi ruptura).

La parte positiva de esto: últimamente me he enterado de otras personas que comparten el gusto por estas historias, y ha sido un buen pretexto para platicar y, quién sabe, después organizar una reunión para ver varios capítulos entre amigos.

¿Tú cómo ves tus series? ¿Alguna se ha quedado marcada por el contexto en que la viste? Coméntame, mi twitter es @karlagodin

Hasta pronto.

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Pierde el miedo a los cambios, decían.

La capacidad de adaptación es eso que Darwin definía como el método que asegura la supervivencia, bien sea de un ser vivo o de una comunidad.

Adaptarse es afrontar las nuevas circunstancias que se presentan, y aplica para cualquier ámbito: el círculo de personas con el que te relacionas, tu lugar de trabajo, tu hogar, tu barrio… Todo aquello que está en constante cambio demanda cierto grado de adaptación, de aceptación, de entendimiento.

Yo, por ejemplo, estoy a mitad de un proceso adaptativo por el que indudablemente han pasado o pasarán quienes se atreven a pisar el territorio de las relaciones de pareja: me he quedado sin novio y me veo en la necesidad de replantear mi día a día, mis aspiraciones, mis costumbres, mis sentimientos, a fin de seguir con el curso normal de mi vida sin caer en el intento (o igual con un par de tropezones).

He aquí un sencillo pretexto para retomar el gusto por jugar con las palabras, una de mis cosas favoritas desde siempre, y que por una u otra razón no le había dado su lugar especial. Este blog es mi terreno de juego para editar pensamientos (haciendo honor a mi nombre en desuso: Edith).

Verá usted, querido lector, el variopinto menú de temas que caben en este espacio. Se reciben con gusto comentarios aquí o en Twitter: @karlagodin

Nos leemos pronto.

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